
Hoy me he parado a pensar, recuerdo aquellos días grises y fríos, los más tristes de mi vida, cuando me sentaba en mi escritorio a estudiar, era el primer año de Universidad y se habían producido muchos cambios en mi vida, me sentía sola y perdida, todo era nuevo, y aunque tenía mucho que hacer, no lo hacía para obtener buenos resultados al final del cuatrimestre, sino para distraer la mente. A veces mientras estaba sentada en mi silla delante de unos folios, me quedaba pensativa y una lágrima se escapaba rodando por mi mejilla, hasta llegar a la comisura de mis labios donde la sentía, salada. En esos momentos un escalofrío me recorría, estaba desolada, estaba triste, deseaba morir, y entonces sentía en mi muslo un morrito húmedo que se apoyaba sobre mí, miraba hacia abajo y veía esa mirada profunda y triste, era él, el ser más lindo que ha podido existir. Entonces yo le acariciaba la cabeza, y él una vez había cumplido su misión, la de hacerme saber que estaba allí, se tumbaba a mi lado en la alfombra, y yo me sentía mejor.
Otras veces yo me sentaba en el suelo apoyada contra la pared y lloraba a mares, sintiéndome incomprendida y vacía y él llegaba de nuevo, yo le tomaba la cara con las dos manos y le decía todo lo que sentía, no se si me entendía o no pero él lloraba, lloraba conmigo porque sabía como me sentía, y entonces yo le estrujaba contra mí y él se dejaba porque sabía que así me sentía mejor, sintiendo su cuerpo caliente contra el mío que temblaba de frío.
No todo eran buenos momentos, a veces nos peleábamos, él hacía trastadas, cosas de perros, y yo le regañaba y entonces con todo su rencor iba a mi habitación y se dedicaba a sacar los papeles que hubiera en la papelera y a desperdigarlos por todos lados, la cama, la alfombra, siempre teniendo el cuidado de no salirse de mi habitación y yo le reñía más y él se iba a la otra habitación y se tumbaba en la alfombra y cada vez que pasaba delante de él me miraba inquisidoramente, pero a la vez pidiéndome con sus ojillos que le perdonara, entonces me acercaba a él y hacíamos las paces jugando a las peleas con su balón viejo y roto, le encantaba jugar. Recuerdo una mañana que solos en casa nos pusimos a jugar, el corría por todos lados y yo detrás de él y entonces se subió al sillón y desde allí saltó sobre mí, evidentemente nos caímos al suelo y el golpe fue tremendo.
Otras mañanas no eran tan movidas, he de decir que yo tenía las clases por las tardes, no penséis que era una vaga que no cumplía con sus deberes, esas mañanas los dos nos tumbábamos en el suelo del pasillo, mientras oíamos música, recuerdo que en aquella época sólo era capaz de escuchar canciones tristes, que me hundían cada vez más en mi propia miseria.
Las noches eran el peor momento del día, más incluso que el momento de abrir los ojos por las mañanas y sentir ese vacío inmenso en el estómago, retardaba la hora de acostarme para caer rendida en la cama y no tener que pensar, sin embargo esto raras veces sucedía ya que siempre he sido de tardarme en dormir, él llegaba y se subía a la cama y a pesar de que yo sabía que no debía acostumbrarle, cuando sentía que estaba ahí, conmigo, compartiendo la almohada y rodeándome con sus patitas me sentía más segura, más tranquila y sabiendo que estaba acompañada de mi mejor amigo, el sueño acudía a mí ,entonces, sólo entonces, podía dormir...
Otras veces yo me sentaba en el suelo apoyada contra la pared y lloraba a mares, sintiéndome incomprendida y vacía y él llegaba de nuevo, yo le tomaba la cara con las dos manos y le decía todo lo que sentía, no se si me entendía o no pero él lloraba, lloraba conmigo porque sabía como me sentía, y entonces yo le estrujaba contra mí y él se dejaba porque sabía que así me sentía mejor, sintiendo su cuerpo caliente contra el mío que temblaba de frío.
No todo eran buenos momentos, a veces nos peleábamos, él hacía trastadas, cosas de perros, y yo le regañaba y entonces con todo su rencor iba a mi habitación y se dedicaba a sacar los papeles que hubiera en la papelera y a desperdigarlos por todos lados, la cama, la alfombra, siempre teniendo el cuidado de no salirse de mi habitación y yo le reñía más y él se iba a la otra habitación y se tumbaba en la alfombra y cada vez que pasaba delante de él me miraba inquisidoramente, pero a la vez pidiéndome con sus ojillos que le perdonara, entonces me acercaba a él y hacíamos las paces jugando a las peleas con su balón viejo y roto, le encantaba jugar. Recuerdo una mañana que solos en casa nos pusimos a jugar, el corría por todos lados y yo detrás de él y entonces se subió al sillón y desde allí saltó sobre mí, evidentemente nos caímos al suelo y el golpe fue tremendo.
Otras mañanas no eran tan movidas, he de decir que yo tenía las clases por las tardes, no penséis que era una vaga que no cumplía con sus deberes, esas mañanas los dos nos tumbábamos en el suelo del pasillo, mientras oíamos música, recuerdo que en aquella época sólo era capaz de escuchar canciones tristes, que me hundían cada vez más en mi propia miseria.
Las noches eran el peor momento del día, más incluso que el momento de abrir los ojos por las mañanas y sentir ese vacío inmenso en el estómago, retardaba la hora de acostarme para caer rendida en la cama y no tener que pensar, sin embargo esto raras veces sucedía ya que siempre he sido de tardarme en dormir, él llegaba y se subía a la cama y a pesar de que yo sabía que no debía acostumbrarle, cuando sentía que estaba ahí, conmigo, compartiendo la almohada y rodeándome con sus patitas me sentía más segura, más tranquila y sabiendo que estaba acompañada de mi mejor amigo, el sueño acudía a mí ,entonces, sólo entonces, podía dormir...
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